“Señores de las Farc, ustedes me rompieron las alas, el sueño, el anhelo de conocer a mi padre personalmente. De darnos ese abrazo anhelado que por trece años, once meses y cinco días, había esperado con devoción y rogándole mucho a papito Dios para que mi padre pudiera salir libre. No esperaba que lo mandaran en un cajón. A mi padre le envío la bendición de papito Dios y le voy a rogar mucho por su alma, para que lo reciba en el cielo y pueda descansar en paz”.
Estas palabras son de Johan Steven Martínez, un niño que asombró a los colombianos por su serenidad para asumir el vil asesinato de su padre, el sargento José Libio Martínez, el secuestrado más antiguo de las Farc, asesinado la semana anterior de la manera más cobarde y cruel.
La trágica historia del pequeño Johan es otra huella de rabia y dolor, que este grupo guerrillero deja en los niños colombianos. El 17 de marzo de 2000, el Frente Aurelio Rodríguez de las Farc asaltó el corregimiento Santa Cecilia, del municipio de Pueblo Rico, Risaralda. Durante el combate secuestraron al cabo José Norberto Pérez.
Por mucho tiempo su hijo, Andrés Norberto, que de apenas doce años tenía los días contados debido a un cáncer terminal, rogó para que le devolvieran a su padre. A través de los diferentes medios de comunicación, Andrés les pidió a las Farc que le permitieran morir al lado de su padre. “Usted, señor Manuel Marulanda , busca un intercambio de soldados y policías por guerrilleros enfermos, pero sé también que usted, como colombiano que es, va a hacer conmigo una excepción permitiendo que yo muera tranquilo al lado de mi padre”; dijo en alguna ocasión.
De nada valieron las súplicas del niño ni la movilización de los colombianos que se volcaron a las calles pidiendo a Manuel Marulanda que liberara al hombre. Andrés murió el 18 de diciembre de 2001 abrazando la foto de su padre, a la espera de que la voz tierna de él le diera el último adiós.
Ahora se repite la historia con Johan Steven, el hijo de José Libio Martínez. Su edad coincide con el tiempo que su padre duró en cautiverio. Llevaba seis meses en el vientre de su madre cuando, en diciembre de 1999, las Farc secuestraron a su padre.
Cada diciembre ponía sobre el pesebre la foto de su progenitor, esperando que lo liberaran. El país se familiarizó con este niño y José Libio lo oyó crecer por radio. En sus pruebas de supervivencia, le decía que tomara clases de guitarra. Un empresario, antioqueño, le regaló el instrumento.
Esta masacre, cometida contra José Libio y sus compañeros militares en completo estado de indefensión, constituye un recuerdo doloroso para el país. Refleja el grado de deshumanización de las Farc. Por eso, lectores, los invito a marchar este 6 de diciembre. Rechacemos indignados estos actos de barbarie.